domingo, 5 de julio de 2026

Una casa que narra

 

Nos juntamos un 14 de Junio en la casa de Virginia, previo al invierno, aunque fuera un auténtico día invernal. Te recibe un primer ambiente con un hermoso y ruidoso piano, junto a la cara alegre de la dueña del hogar. Cuando llegás, ya hay un clima de respeto y comida rica, cosa que te hace pensar que lo que traés está de más. Ésta es una de las cualidades que caracterizan nuestros cálidos encuentros.

Pepi, quien propuso el libro se enfermó y ese día no vino, así que todos logramos ser una suerte de testigos de algo de lo que yo sentía que Pepi iba a poder decir mucho.

Comenzamos a reflexionar sobre Una casa sola, libro de Selva Almada de este año. Percibimos colectivamente que a la escritora la había apurado la editorial. Pensamos con curiosidad sobre esto… en realidad empezó Nacho, muy preocupado porque ganara Saer en la próxima votación, en demostrar ¿En qué momento Selva no cerraba las ideas? Así fue cuando empezó casi toda la paranoia de sospechar que a la pobre Selva tal vez la habían apurado en serio.

Raquel, quien sabe mucho de los sheites de las editoriales y de los principios básicos de la literatura, casi nos lo confirmó con una risita contagiosa mientras se colocaba un parche chino, el que luego me terminó contagiando a mí. Una locura, el parche chino. Ahí fue cuando Vir fantaseó con que la próxima se venía la moxibustión. Lo tuvo que argumentar.

Cristian, muy confundido, aportó que le gustaba mucho la parte en donde hablaba de la Gringa, aquella mujer sola y desahuciada, que se ahorcó varias veces y que llevaba la soga a cuestas, todo por una infidelidad, aunque su historia tampoco se haya cerrado. Terminó la frase comentando que igual le había gustado la novela. Cada vez que a Cris no le gustaba algo y después venía al grupo le terminaba gustando, y esta vez pasó a la inversa.

Ro, siempre pensante y analítica, y gracias a quien estoy en este grupo, agregó esa cosa que intenta hacer Selva en sus escritos que consiste en sumar una perspectiva feminista y crítica de las desigualdades de género. También habló de la relación entre Lucero y su hijo, que le produjo ternura:

"Era un guachito comprador y sus monerías lo hacían reir a él que era un tipo más bien parco. Que se moviera solo y empezara a hablar en su media lengua, fue como si en ese momento Lucero lo viera por fin como una persona, alguien que mereciera su atención y no simplemente una continuación de su madre". 

Lili nos leyó una parte poética de Selva, no muy contenta, ni a favor de la historia. Para ella, esta historia estaba sin cerrar. Todos coincidíamos.

Eustaquio, que siempre hace unos recortes interesantes, habló de la historia argentina y de la relación de la historia con la casa: la batalla de Caseros, el final de la época de Rosas, la batalla de Pavón, el asesinato de Urquiza, la guerra civil, la presidencia de Sarmiento, y algo de Malvinas. 

Dani, que esta vez no hizo segunda lectura, nos regalaba partes que iban conectando todos los comentarios. Habló del espinal como personaje y Vir nombró al tala como árbol que protege, dado que tiene ramas en zigzag y espinas. 

"El tala y yo somos hermanos de leche. Aunque hace años me pasó en altura. Pequeña bajo su sombra. Que también es mía. Las raíces del tala se estiraron, se propagaron como una electricidad, tocando mis cimientos. Estamos comunicados de esa manera íntima y subterránea; el tala y yo, un pedazo de monte".

Es la casa la que narra, recurso novedoso que utiliza la escritora. 

Me quedó como reflexión, y me pregunto, ¿Es necesario dar cierres? ¿Finales? ¿Qué es lo que nos cierra? O nos contentamos con la suavidad de la escritura de Selva y su manera de narrar.

Veremos si Isidoro Blaisten nos ofrece más cierres de historias, o no… por suerte siempre hay más; quiero decir, que una historia siempre ofrece otra historia.

Nos despedimos. Dani se puso a tocar el piano como siempre. Yo me pedí un uber rapidísimo. Tenía que llegar a otro lugar.

Ni Anita ni Tati vinieron, las extrañamos. Ésta crónica sí llegó a su final.



Eugenia Battafarano.

Los nuevos, de Pedro Mairal

    Una novela de iniciación. ¿Un viaje de iniciación? Ser nuevo en la vida adulta. Salir de la adolescencia y entrar en esa etapa nueva que quizá, sea la definitiva. Los tres protagonistas son nuevos adultos, o más bien, son nuevos en esa orfandad que te provoca el pasaje de la adolescencia a la juventud. Son nuevos en la sociedad, en el mundo adulto y en lo más difícil y penoso de la vida que es la lucha por la supervivencia.

    Los tres personajes me hacen pensar en el mito griego del camino del héroe. Más exactamente, pienso en Perseo, en Jasón, en Edipo. Ellos tuvieron que atravesar pruebas durísimas para poder encarar una vida y construirse una identidad. La o las pruebas consistían en enfrentar a un monstruo y vencerlo. Perseo pudo con la Medusa, Jasón pudo arrebatar el vellocino de oro y casarse con Medea, Edipo venció a la Esfinge.

    Todos recibieron alguna ayuda para lograr tales empresas. A Perseo lo ayuda la diosa Atenea. Ella le enseña a distinguir a Medusa de las otras Gorgonas, le da el espejo para que vea por el reflejo y no quede petrificado. Y le da una herramienta: un cuchillo de acero.

    Jasón también recibe ayuda de Atenea. La diosa le da un “tronco oráculo” que guía la nave a Argos.

    Edipo no recibe ayuda en su enfrentamiento con la Esfinge y la vence igual. Pero, a decir verdad, al pobre Edipo no le va bien.

    Nadie se salva solo.

    Hay otros héroes por mencionar. Uno es Áyax, que se niega a recibir ayuda de los dioses y eso le provoca una locura que se hace tragedia. Áyax entra en hibris. También pienso en Odiseo (Ulises), que no entraría en esta serie de héroes, pero atraviesa y sale airoso de muchos peligros. Sobre todo del descenso al hades, al reino de los muertos (que nada tiene que ver con el infierno cristiano, a no confundir), en donde se encuentra con Tiresias.

    Otro héroe que sí entra en esta serie es Belerofonte, que debe capturar al caballo Pegaso y que también recibe ayuda de Atenea.

    Hablo entonces, de héroes que atraviesan pruebas mortales y que salen airosos para iniciarse en la vida adulta. Y los asocio a los tres personajes de la novela, que son  verdaderos héroes.


    Pedro Mairal


    Thiago sólo va con su pena y sólo va con su condena. No sólo por la orfandad propia de esos años de pasaje. Thiago es huérfano de verdad, perdió a su madre y eso lo descompone emocionalmente, como nos pasaría a todos.  Él tiene que adaptarse al mundo en el que tiene que vivir, que es la nueva familia que armó su papá con su mujer y su hermanito Vinter, al que quiere mucho, aunque lo llama “hermanoide”. Sólo Pilar puede empatizar con su pena. Los dos cometen un error gravísimo y la culpa recae sobre él, y por eso debe soportar una internación psiquiátrica, no porque estuviera loco, sino para zafar de la cárcel.

    Los tres chicos son de la clase media acomodada de Buenos Aires y deben, por circunstancias ajenas a ellos, no por propia elección, cambiar de medio, ir a sitios que nada tienen que ver con sus costumbres, con sus entornos, con sus geografías.

    Así Bruno, enviado por su madre a estudiar “Economics” (Sí, así como lo oyen, estudia “Economics”, no economía), tiene que vivir en una universidad helada, no puede festejar el mundial de Qatar, la tercer copa, tiene que sufrir la soledad del desierto helado en la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Bruno, además, conoce y vive el lado invisible de los que no son de su clase. Habita la zona de lo invisible donde las personas son fantasmas. Me refiero a aquellos lugares y personas que los de clase media soslayamos o, directamente, no vemos. No vemos a la señora que limpia el baño de un restorán, no vemos, en general, al personal de limpieza, no vemos al que sirve. No lo vemos porque habitamos un mundo injusto. Bruno, cuando es contratado por la universidad para tareas en el período de año nuevo, habita ese mundo de los nadies, de los invisibles. Conoce y sufre el lugar al que no pertenece. Desciende para luego emerger como los héroes griegos.

    También, y suele decirse que esto te hace adulto, a Bruno se le rompe el corazón y lo tiene que recomponer. Él tiene un amor con un ser de la globalización,- yo encuentro en este romance una crítica a estos tiempos-, y, por supuesto, ocurre lo inexorable.

    Pero quien desciende a lo más bajo y emerge con el mayor costo es Pilar. Llegó a vivir en una baulera y en la calle, llegó a ser rechazada por todo su entorno, y emergió. Con ayuda, por supuesto.

    Entonces, los personajes han descendido a lo más bajo, a la baulera y la calle; al lugar de la clase trabajadora en el hielo de una universidad norteamericana y a un desierto psicológico y afectivo en el caso de Thiago.

Bahía de los Moros en el Partido de Lobería de la Provincia de Buenos Aires, a 30 km de Necochea

    Tres personajes de clase media acomodada de Caba,-sabemos que no es lo mismo “caba” que Buenos Aires,- que necesitan ayuda para emerger. Y la reciben de quienes no pertenecen  a esta clase media acomodada. Thiago encuentra un buen refugio en Aguirre con quien  puede estar, estar y sólo estar sin necesidad de hablar. Aguirre es un refugio para su pena solitaria y es la persona con la que aprende cosas.

    Pili encuentra albergue en Rosa. Y acá sí hay una verdadera crítica de clase. Rosa le presta su imagen para su trabajo de cine, que es lo que la identifica y es la diosa que verdaderamente la alberga después de su descenso a la baulera y la calle.

    Y los mexicanos, que eran otra cultura, otra estética. Son los que le dan el afecto y el calor que necesita Bruno en el hielo yanqui. Ellos, además de darle una pertenencia, le hacen posible construir una identidad.

    Por el contrario, los padres, que sí “pertenecen”, son ridiculizados por la mirada de los protagonistas. Sobre todo, a mi entender, la madre de Bruno, que es totalmente hostil. También es hostil la madre de Pilar, que la acusa de algo que ella no hizo y la abandona a la miseria. En cambio, la madre de Thiago, que está muerta, es como un ángel sanador. Thiago habla con su madre muerta, se pone su ropa y consigue trabajo en la inmobiliaria que fuera de ella. Ahí quizá hubiera algo que lo identifica, que le da una pertenencia.

    Rosalía hizo un comentario al respecto. Dijo que los padres aparecían como enemigos de los protagonistas.

    Tatiana también contó que ella asociaba a Thiago, Bruno y Pili con Holden Caulfield, el protagonista adolescente de El cazador oculto, la famosa novela de Salinger. 

    Con respecto al narrador, hay mucho por decir. Hay cambios. A veces es Thiago, a veces es Bruno, a veces es Pili y hay un momento en el que no se sabe quién narra. Pero eso no es un problema. Ya avanzado el texto, uno reconoce a los diferentes narradores sin que se anuncien. A veces hay una fusión o confusión entre los tres narradores. O entre los cuatros, porque por momentos se asoma un omnisciente. En algunos momentos, decía, se funden los narradores, y esos momentos de fusión de narradores son para mí momentos en los que los personajes alivian sus soledades. 

    Les cuento que para escribir estas líneas no acudí a la inteligencia artificial. Niempedo, ya lo sabemos. Sí fui a leer bibliografía como el artículo del filósofo y mitólogo  Jean- Joseph Goux que se llama “Edipo filósofo”. También consulté el Diccionario de mitología griega y romana de Pierre Grimal. Todo en papel. ¿Qué le voy a hacer? Aunque se tratara de una novela sobre pibes muy de la generación de cristal, que si bien eran frágiles, supieron fortalecerse, aunque fuera sobre una historia cuya ficción se ubica en estos tiempos, mi actitud ha sido muy siglo veintenial. Como nuestros encuentros, que son banquetes intelectuales y presenciales.

    La novela de Pedro Mairal a Los siete locos nos encantó. La propuesta fue de Daniel, gracias Dani.

    Y mucho me queda por decir. Como toda buena ficción, esta crea un universo.

    Fuimos llegando a la amplia y confortable residencia de la querida Virginia en el barrio de Sáenz Peña. Pepa, Anita, Liliana, Andrea, Nacho, Dani, Rosi con las nenas, Eugenia, Eustaquio, Cristian, Tati, Silvana, la anfitriona y yo. Nos acomodamos en círculo en la cocina comedor, que ya es uno de nuestros hogares literarios. Fue el día domingo 12 de Abril de 2026.


 

Raquel Poblet.