Una novela de iniciación. ¿Un viaje de iniciación? Ser nuevo en la vida adulta. Salir de la adolescencia y entrar en esa etapa nueva que quizá, sea la definitiva. Los tres protagonistas son nuevos adultos, o más bien, son nuevos en esa orfandad que te provoca el pasaje de la adolescencia a la juventud. Son nuevos en la sociedad, en el mundo adulto y en lo más difícil y penoso de la vida que es la lucha por la supervivencia.
Los tres personajes me hacen pensar en el
mito griego del camino del héroe. Más exactamente, pienso en Perseo, en Jasón,
en Edipo. Ellos tuvieron que atravesar pruebas durísimas para poder encarar una
vida y construirse una identidad. La o las pruebas consistían en enfrentar a un
monstruo y vencerlo. Perseo pudo con la Medusa, Jasón pudo arrebatar el
vellocino de oro y casarse con Medea, Edipo venció a la Esfinge.
Todos recibieron alguna ayuda para lograr
tales empresas. A Perseo lo ayuda la diosa Atenea. Ella le enseña a distinguir a
Medusa de las otras Gorgonas, le da el espejo para que vea por el reflejo y no
quede petrificado. Y le da una herramienta: un cuchillo de acero.
Jasón también recibe ayuda de Atenea. La
diosa le da un “tronco oráculo” que guía la nave a Argos.
Edipo no recibe ayuda en su enfrentamiento
con la Esfinge y la vence igual. Pero, a decir verdad, al pobre Edipo no le va
bien.
Nadie se salva solo.
Hay otros héroes por mencionar. Uno es Áyax,
que se niega a recibir ayuda de los dioses y eso le provoca una locura que se
hace tragedia. Áyax entra en hibris. También pienso en Odiseo (Ulises), que no
entraría en esta serie de héroes, pero atraviesa y sale airoso de muchos
peligros. Sobre todo del descenso al hades, al reino de los muertos (que nada
tiene que ver con el infierno cristiano, a no confundir), en donde se encuentra
con Tiresias.
Otro héroe que sí entra en esta serie es
Belerofonte, que debe capturar al caballo Pegaso y que también recibe ayuda de
Atenea.
Hablo entonces, de héroes que atraviesan pruebas
mortales y que salen airosos para iniciarse en la vida adulta. Y los asocio a
los tres personajes de la novela, que son
verdaderos héroes.
Pedro Mairal
Thiago sólo va con su pena y sólo va con su
condena. No sólo por la orfandad propia de esos años de pasaje. Thiago es
huérfano de verdad, perdió a su madre y eso lo descompone emocionalmente, como
nos pasaría a todos. Él tiene que
adaptarse al mundo en el que tiene que vivir, que es la nueva familia que armó
su papá con su mujer y su hermanito Vinter, al que quiere mucho, aunque lo
llama “hermanoide”. Sólo Pilar puede empatizar con su pena. Los dos cometen un
error gravísimo y la culpa recae sobre él, y por eso debe soportar una
internación psiquiátrica, no porque estuviera loco, sino para zafar de la
cárcel.
Los tres chicos son de la clase media
acomodada de Buenos Aires y deben, por circunstancias ajenas a ellos, no por
propia elección, cambiar de medio, ir a sitios que nada tienen que ver con sus
costumbres, con sus entornos, con sus geografías.
Así Bruno, enviado por su madre a estudiar
“Economics” (Sí, así como lo oyen, estudia “Economics”, no economía), tiene que
vivir en una universidad helada, no puede festejar el mundial de Qatar, la
tercer copa, tiene que sufrir la soledad del desierto helado en la frontera
entre Estados Unidos y Canadá. Bruno, además, conoce y vive el lado invisible
de los que no son de su clase. Habita la zona de lo invisible donde las
personas son fantasmas. Me refiero a aquellos lugares y personas que los de
clase media soslayamos o, directamente, no vemos. No vemos a la señora que
limpia el baño de un restorán, no vemos, en general, al personal de limpieza,
no vemos al que sirve. No lo vemos porque habitamos un mundo injusto. Bruno,
cuando es contratado por la universidad para tareas en el período de año nuevo,
habita ese mundo de los nadies, de los invisibles. Conoce y sufre el lugar al
que no pertenece. Desciende para luego emerger como los héroes griegos.
También, y suele decirse que esto te hace
adulto, a Bruno se le rompe el corazón y lo tiene que recomponer. Él tiene un
amor con un ser de la globalización,- yo encuentro en este romance una crítica
a estos tiempos-, y, por supuesto, ocurre lo inexorable.
Pero quien desciende a lo más bajo y emerge
con el mayor costo es Pilar. Llegó a vivir en una baulera y en la calle, llegó
a ser rechazada por todo su entorno, y emergió. Con ayuda, por supuesto.
Entonces, los personajes han descendido a lo más bajo, a la baulera y la calle; al lugar de la clase trabajadora en el hielo de una universidad norteamericana y a un desierto psicológico y afectivo en el caso de Thiago.
Tres personajes de clase media acomodada de Caba,-sabemos que no es lo mismo “caba” que Buenos Aires,- que necesitan ayuda para emerger. Y la reciben de quienes no pertenecen a esta clase media acomodada. Thiago encuentra un buen refugio en Aguirre con quien puede estar, estar y sólo estar sin necesidad de hablar. Aguirre es un refugio para su pena solitaria y es la persona con la que aprende cosas.
Pili encuentra albergue en Rosa. Y acá sí hay
una verdadera crítica de clase. Rosa le presta su imagen para su trabajo de
cine, que es lo que la identifica y es la diosa que verdaderamente la alberga
después de su descenso a la baulera y la calle.
Y los
mexicanos, que eran otra cultura, otra estética. Son los que le dan el afecto y
el calor que necesita Bruno en el hielo yanqui. Ellos, además de darle una
pertenencia, le hacen posible construir una identidad.
Por el contrario, los padres, que sí
“pertenecen”, son ridiculizados por la mirada de los protagonistas. Sobre todo,
a mi entender, la madre de Bruno, que es totalmente hostil. También es hostil
la madre de Pilar, que la acusa de algo que ella no hizo y la abandona a la
miseria. En cambio, la madre de Thiago, que está muerta, es como un ángel
sanador. Thiago habla con su madre muerta, se pone su ropa y consigue trabajo
en la inmobiliaria que fuera de ella. Ahí quizá hubiera algo que lo identifica,
que le da una pertenencia.
Rosalía hizo un comentario al respecto.
Dijo que los padres aparecían como enemigos de los protagonistas.
Tatiana también contó que ella asociaba a Thiago, Bruno y Pili con Holden Caulfield, el protagonista adolescente de El cazador oculto, la famosa novela de Salinger.
Con respecto al narrador, hay mucho por decir. Hay cambios. A veces es Thiago, a veces es Bruno, a veces es Pili y hay un momento en el que no se sabe quién narra. Pero eso no es un problema. Ya avanzado el texto, uno reconoce a los diferentes narradores sin que se anuncien. A veces hay una fusión o confusión entre los tres narradores. O entre los cuatros, porque por momentos se asoma un omnisciente. En algunos momentos, decía, se funden los narradores, y esos momentos de fusión de narradores son para mí momentos en los que los personajes alivian sus soledades.
Les cuento que para escribir estas líneas no
acudí a la inteligencia artificial. Niempedo, ya lo sabemos. Sí fui a leer
bibliografía como el artículo del filósofo y mitólogo Jean- Joseph Goux que se llama “Edipo
filósofo”. También consulté el Diccionario de mitología griega y romana
de Pierre Grimal. Todo en papel. ¿Qué le voy a hacer? Aunque se tratara de una
novela sobre pibes muy de la generación de cristal, que si bien eran frágiles,
supieron fortalecerse, aunque fuera sobre una historia cuya ficción se ubica en
estos tiempos, mi actitud ha sido muy siglo veintenial. Como nuestros
encuentros, que son banquetes intelectuales y presenciales.
La novela de Pedro Mairal a Los siete locos
nos encantó. La propuesta fue de Daniel, gracias Dani.
Y mucho me queda por decir. Como toda buena
ficción, esta crea un universo.
Fuimos llegando a la amplia y confortable
residencia de la querida Virginia en el barrio de Sáenz Peña. Pepa, Anita,
Liliana, Andrea, Nacho, Dani, Rosi con las nenas, Eugenia, Eustaquio, Cristian,
Tati, Silvana, la anfitriona y yo. Nos acomodamos en círculo en la cocina
comedor, que ya es uno de nuestros hogares literarios. Fue el día domingo 12 de
Abril de 2026.
Raquel Poblet.























