miércoles, 24 de diciembre de 2025

Los siete gauchos locos y resentidos, con furia, que están solos y esperan, cautivos, bajo la luna caliente del matadero, en este mundo de ficciones.

            Los 7 locos somos un grupo de literatura argentina que llevamos 11 años juntos.

            Me pregunto ¿por qué seguimos juntos después de tanto tiempo? ¿Por qué tener un grupo de literatura en estos tiempos que corren, en esta Argentina de gobierno descorazonado que fomenta la crueldad hacia los jubilados, las personas con discapacidad y los hospitales públicos, por nombrar algunos ejemplos?

            Y entonces pienso en la pampa argentina, el gaucho Martín Fierro y su soledad.

           

            “Y al campo me iba solito,

            más matrero que el venao,

            como perro abandonao

            a buscar una tapera,

            o en alguna biscachera

            pasar la noche tirao.

 

            Sin punto ni rumbo fijo

            en aquella inmensidá,

            entre tanta escuridá,

            anda el gaucho como duende;

            allí jamás lo sorpriende

            dormido la autoridá.

 

            Su esperanza es el coraje,

            su guardia es la precaución,

            su pingo es la salvación,

            y pasa uno en su desvelo,

            sin más amparo que el cielo

            ni otro amigo que el facón.


            La respuesta entonces está en este poema fundacional de la literatura y del ser argentino. Tenemos un grupo de literatura para no estar tan solos. El ser humano necesita del otro. “Nadie se salva solo”. Los “7 Locos”, más de 7 diría yo, somos amigos y fomentamos la amistad.

            “La amistad -para Raúl Scalabrini Ortiz en El hombre que está solo y espera, última lectura que compartimos este año- no persigue remuneración alguna. Se da libremente. Un buen amigo no podría ser feliz sabiendo que sus amigos no lo son. Dos amigos forman una tertulia, un mundo completo y ficticio en que el mundo ya no es valedero. La amistad porteña es un fortín ante el cual los embates de la vida se mellan. La amistad porteña es un olvido del egoísmo humano.

            Resumiendo, somos un grupo de amigos que nos reunimos a compartir literatura.

            ¿Y qué entendemos por literatura?

            Decía Silvina Ocampo en un cuento que se llama La continuación, del libro La Furia, que fue el primero que leímos este año 2025:

            “Al abandonar mi relato, hace algunos meses, no volví al mundo que había dejado, sino a otro, que era la continuación de mi argumento (un argumento, lleno de vacilaciones, que sigo corrigiendo dentro de mi vida). Si no he muerto, no me busques y si muero tampoco: nunca me gustó que miraras mi cara mientras dormía”.

            Esta es una carta que le escribe a su amante, médico de profesión. En ella expresa que literatura y vida son una misma cosa; la vida es continuación de la literatura y viceversa; plantea que uno incluso, podría escribir su propia vida para que cambie de rumbo.

            

            Para nosotros la literatura es diversa, abarca a Borges y su universo -representado por una biblioteca con infinitas galerías hexagonales, con sus 5 anaqueles por lado, 32 libros por anaquel, 410 páginas por libro y así al infinito- pero también incluye al niño César que vivió su infancia en la villa Carlos Gardel y años después escribió un relato autobiográfico “El niño resentido” lleno de violencia pero también de poesía, como en aquel fragmento que describe el momento en que su mamá es liberada de la cárcel:

            La habían largado en medio de la noche, hizo dedo, subió a un camión, luego a un tren y caminó las cincuenta cuadras desde Liniers hasta casa. No la solté en ningún momento, nos íbamos turnando en su abrazo con mis hermanos. Esa madrugada dormimos todos juntos en la misma cama, pegados a ella como garrapatas. Al otro día, el sol recuperó un poco de su color y volvimos a la escuela, llevados de su mano.

            En fin, literatura y amistad es la mejor conjunción para sobrellevar estos tiempos tristes del país que estamos atravesando, y para pensar en conjunto, la forma de cambiar la realidad.


Dani



 

 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Crónica de Ficciones de Borges

“(…) y seguimos perdidos en el tiempo, ese otro laberinto”.

J L Borges

 

“La ficción aparece asociada al ocio, la gratuidad, el derroche de sentido, el azar, lo que no se puede enseñar, en última instancia, se asocia con la política seductora y pasional de la barbarie”

Ricardo Piglia.

 

   En la casa de Pepi, centro cultural villurquí, nos dispusimos a hablar del libro de Borges. Lo primero que se oyó fueron las quejas (¿Quejas de un bandoneón de Pichuco?, no, nada que ver.) Quejas, sobre todo de Nacho, bien sincero, quejas, cuestiones bien fundadas todas, expresiones quejumbrosas, vamos a decir, ante la dificultad que nos da leer este volumen de cuentos.

   Ficciones, es en realidad, un libro que nos habla acerca de la ficción. Quizá un tratado teórico presentado en forma de cuentos. ¿Un tratado? No, qué digo, son piezas literarias de una gran poética. Son cuentos de ficción que nos hablan acerca de la ficción como mera construcción y no como representación.

   Pensemos en la novela del siglo XIX. Vamos a José Mármol. Su novela Amalia, ambientada en el año 1840, es decir, en el segundo gobierno de Rosas, era bien representativa desde la mirada unitaria, del estado de cosas del momento. Era la visión del unitario victimizado por los federales. Es, además, una novela bien panfletaria. Pienso también en Eugenio Cambaceres; en Esteban Echeverría; en Lucio Vicente López; autor de La gran aldea;  en Lucio Victorio Mansilla; en los escritores gauchescos como Bartolomé Hidalgo (uruguayo) o en Azcazubi. Ellos representaban, contaban lo real. No olvidemos al mejor, a José Hernández. Hablaban acerca de lo que pasaba en la vida cotidiana y en la política, representaban el suelo y la sociedad, al punto tal que era más prestigioso para José Mármol ser reconocido como “El periodista José Mármol”, que como novelista o poeta,- y eso que era muy buen novelista, por cierto. Es que el periodismo en el siglo XIX era un hecho literario. Pienso en Facundo y ahí encontramos un personaje de ficción que fue creado para representar un tipo social de aquel tiempo.

  Es decir, la literatura representaba, decía cosas acerca de lo real, proponía, denunciaba, y, en esto se asentaba su valor. Acá la realidad nutría a la ficción. Lo real era aquello que el escritor quería o debía representar.

  ¿Y si inauguramos el siglo XX con la idea contraria? Con la ficción como un universo autónomo, como una realidad en sí misma.

  O vayamos más allá. Vayamos  a Tlon Uqbar Orbis Tertius, el relato  más “reclamado”, con más dificultades. “A ese cuento no lo entiendo”, decían y dicen muchos lectores. Es un trabajo leerlo, pero es buenísimo. Vamos más allá. Voy a contar el argumento.

  Bioy es un personaje sacado de la realidad, lo conocemos. Bioy habla de una enciclopedia que habla de un lugar que se llama “Uqbar” que está en Asia. Borges cree que es un invento de Bioy a quien ve y admira como a un genio de la invención, - y si no me creen, vayan a leer el prólogo que le dedica a La invención de Morel”.- Encuentra en la enciclopedia ese lugar que se llama Uqbar, cuya literatura es fantástica, tan fantástica que cuenta la historia de Tlon, del planeta Tlon.

  Tlon existe, es una realidad creada por una idea. En ese lugar todo lo que existe es creado por nuestra conciencia. El mundo es una creación de nuestra mente. La casa en la que estoy ahora existe porque yo la percibo. El universo es lo que percibimos. Al percibir creamos. Cuando dejamos de pensar en las cosas, éstas dejan de existir. El mundo es creación de nuestra mente. Si dejo de pensarlo, el mundo desaparece. Si lo olvido también. Tlon crea un grupo ideológico que ocupa nuestro mundo. Manda a unos hombres con una mitología secreta  que se va transmitiendo por generaciones y que invade nuestra vida real  (que también es creada, concebida por la mente). Es una logia que inventa la percepción de nuestro mundo y nosotros no nos damos cuenta.

  Cualquier semejanza con la realidad actual es pura coincidencia del maestro. ¿Es pura casualidad o coincidencia?

  Otro cuento que reafirma esta tesis es Pier Menard autor de don Quijote.

  Pier Menard es un escritor que quiere escribir “El ingeniosos hidalgo Don Quijote de la mancha” y quiere hacerlo igual al que hizo don Miguel de Cervantes Saavedra. No quiere copiarlo, quiere escribirlo él, y para eso trata de leer lo mismo que habrá leído el escritor manchego en el siglo XVII. Y lo logra.

 Examen de la obra de Herbert Quain nos anuncia que un comienzo puede dar infinitos posibles desenlaces, así como un argumento puede dar infinitas interpretaciones, y, a la vez, infinitas interpretaciones pueden dar un determinado argumento.

   Un desenlace impensable pero posible es el de El jardín de los senderos que se bifurcan. El asesino es impensado,  los lectores nos sorprendemos. La intriga es muy honda y su resolución estaba a nuestra vista. Pero lo que más nos sorprende es la idea de un laberinto de laberintos, y, más aún, de un laberinto de tiempo, de un tiempo que se bifurca hacia innumerables futuros.

  El laberinto estaba en el escritorio laqueado. Era un laberinto de tiempo. Nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto.

¿Cómo un libro puede ser un laberinto de laberintos?

   Ficciones de Borges nos dice que el tiempo puede bifurcarse infinitamente y crear innumerables porvenires que se entrecrucen y formen tramas infinitas también. Todos los desenlaces son posibles… Yo le agregaría que, bueno, sí, estoy de acuerdo, pero en ficción a cada uno de esos desenlaces hay que saber verosimilizarlos.

  El tiempo no es uno solo absoluto, uniforme como el que creemos vivir. Hay infinitas series de tiempos Hay una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes, otros que se cruzan  y otros que marchan  paralelos. Un tejido. Una o muchas tramas.

  Y, a propósito de esto, voy a transcribir un poema de Borges, del libro La Cifra, hermosísimo poemario del año 1981.

Ahí va:

 

 La Trama

 

“En el segundo patio

la canilla periódica gotea,

fatal como la muerte de César.

Las dos son piezas de la trama que abarca

el círculo sin principio ni fin,

el ancla del fenicio,

el primer lobo y el primer cordero,

la fecha de mi muerte

y el teorema perdido de Fermat.

A esa trama de hierro

los estoicos la pensaron de un fuego

que muere y que renace como el Fénix.

Es el gran árbol de las causas

y de los ramificados efectos;

en sus hojas están Roma y Caldea

y lo que ven las caras de Jano.

El universo es uno de sus nombres.

Nadie lo ha visto nunca

y ningún hombre puede ver otra cosa.”

 

  En Las ruinas circulares, un hombre se va a una isla a dormir para soñar (Como la película de Leonardo Favio “Soñar soñar”. No, nada que ver, esto es otro tema) Decía, un hombre va a soñar. Y sueña primero un corazón, después el esqueleto, hasta que sueña un hombre completo. Esto es una obra de ficción. Esta es la ficción, un hombre construido por un sueño. El dios del fuego le da vida al hombre construido por el sueño del protagonista. Más adelante, el protagonista soñador camina sobre un incendio sin quemarse y ahí se da cuenta de que él también ha sido construido por un sueño. Quizá el soñador que lo construyó haya sido también un hombre soñado. No hay origen. El pasado y el fin son infinitos. Todas estas existencias son construcciones de la mente de un soñador.

  Y, a propósito de esto, voy a transcribir otro poema de nuestro autor que también está en el poemario La cifra:

 

                                       Un sueño

 

“En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin

puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que

tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En

esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres

que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra

celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda

circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisio-

neros escriben.”

 

   La ficción es un universo autónomo, construido, creado con su propia lógica. ¿Y la realidad, qué es? ¿Una construcción de nuestra percepción?

   Cuenta Borges en la biografía surgida de la entrevista con su colaborador y traductor Norman Thomas di Giovanni de 1970 que él tuvo su primer empleo estable en la sucursal Miguel Cané (el autor de Juvenilia, sí) de la Biblioteca Municipal. Que resistió nueve años ese trabajo que consistía en clasificar algunos ejemplares de libros desclasificados. La tarea le llevaba una hora diaria y en las otras cinco bajaba al sótano a leer y escribir. Así compuso algunos de los célebres cuentos del volumen Ficciones.

   Pero, mejor, voy a transcribir lo que el mismo autor dice en esta autobiografía:

   “La lotería de Babilonia”, “La muerte y la brújula” y “Las ruinas circulares” también fueron escritos (del todo o en parte) durante ese tiempo robado a la biblioteca. Acompañados por algunos más, se convirtieron en El jardín de senderos que se bifurcan, libro que amplié y cuyo título modifiqué por el de Ficciones en 1944. Ficciones y El Aleph (1949 y 1952 son, según creo, mis libros más importantes.”

  

   Nuestra conversación en el living de Pepa fue una gran trama de hilos de voces que convergían o chocaban  o se entrecruzaban, pero hay que reconocer que todos somos lectores muy entusiastas que tramamos, tejemos lecturas en grupo. Porque no es bueno leer solo. Ese 28 de Septiembre de 2025 estábamos Nacho, Andrea, Eustaquio, Eugenia, Daniel, Pepi, Ana María, Lili, Virgi, quien escribe, Rosi y una pequeñita preciosa nadando en el mejor de los mundos, bien calentita, quizá oyendo nuestra conversación. Ahora está con nosotros y no es ningún sueño ni idea. Es bien real y hermosa.  Pronto la vamos a conocer.

   Claro que estas líneas son un homenaje a la mamá. ¡Gracia, Rosi!





 

Raquel Poblet.


domingo, 14 de diciembre de 2025

El hombre que está solo y espera

    En una localidad del conurbano bonaerense, en una tarde de domingo del mes de noviembre de 2025, se abre una vez más un espacio para la lectura, la reunión y la crónica con amigos dispuestos a comentar otro libro que nos convoca.

    Ésta es la última reunión del año, reunión de cierre que cuenta con la particularidad de estar a la espera del nacimiento de Isabela, aún en la panza de Rosi.

    En estos tiempos tan difíciles, donde las condiciones socio políticas y económicas fabrican mucho lugar para el miedo, la desilusión y la desesperanza, este espacio de comunicación y confianza, de cariño, es una conexión viva, real, recíproca, fundamental para seguir creyendo y apostando.  

 

    “Creer, he allí la magia”, dice Raúl Scalabrini Ortiz en su ensayo escrito en 1931, en medio de la desazón de la Década Infame.

    Nos habla del hombre que está frustrado, el que perdió la ilusión, el que está solo, -comenta Ana-, y nos recuerda el período de la historia argentina entre 1930 y 1943 que comenzó con el golpe contra Hipólito Yrigoyen.

    Entonces, comienza el diálogo y le pedimos a Lili que nos lea la frase que había subrayado y dice:

    ¡Creer! He allí toda la magia de la vida. Atreverse a erigir en creencias los sentimientos arraigados en cada uno, por mucho que contraríen la rutina de creencias extintas, he allí todo el arte de la vida.

    Magia y Arte se hacen sinónimos en la apertura de este ensayo que denomina con el nombre de "espíritu de la tierra" a ese hombre gigantesco, un arquetipo enorme que se nutrió y creció con el aporte inmigratorio.

    Este ensayo indaga las modalidades del alma porteña del año 1930, con un estilo y dentro de un género que se hace liviano recién en las últimas páginas cuando da paso a un tono poético que Nacho subraya. Contagiados de su entusiasmo leemos en el último capítulo, cuyo título es Acentos de una soledad, una oración al hombre de Corrientes y Esmeralda.

    “Has vuelto sin llegar. Ignoro el camino en que te buscaron mis noches y la desesperada intensidad de luz que mis ojos disiparon. Pero sé que mi súplica no amansará tu silencio ni descubrirá la soleada latitud en que resides.”

    Entre todos fuimos armando el recuerdo del cambio de nombre de la calle Canning, cuando el gobierno de Juan Perón la renombró Raúl Scalabrini Ortiz en 1974 en honor al periodista y escritor argentino, y luego en 1985, tras el regreso de la democracia. El nombre había sido revertido en 1976 por la dictadura militar que restauró el nombre original, dejando en evidencia sus intereses anti nacionales.

    Con el mate pasando de mano en mano, siguen los comentarios.

    Perón nacionalizó los trenes, algo que le había sido pedido por Raúl Scalabrini Ortiz, ingeniero agrimensor de FORJA. Por detalles como éste, Andrea comenta que Scalabrini no formó parte del peronismo pero sí estuvo con Perón.

    Destacando párrafos o referencias, fuimos a la siguiente comparación del ensayo. 

    El hombre porteño que es parte de una trama social más compleja y urbana, se diferencia para Raúl Scalabrini Ortiz, del argentino de las fronteras con Uruguay, Brasil, Paraguay, Chile, que experimenta ser un “indigente sembrador sin tierra”, un individuo aislado y en espera, aunque ambos sufren la misma amenaza, el peligro de la norteamericanización, su poderío podría reemplazar el de los británicos en cuanto a la dominación imperialista.

    Otra comparación interesante, es la que aportó Eustaquio cuando trajo a Juan Muraña, de Borges. La leyenda del famoso cuchillero de Palermo, el malevo, figura mítica del arrabal porteño, conocido por su habilidad con el puñal, entra en contrapunto con el porteño que “no es pendenciero ni hombre de altercado, pero si se le agachan manotea”, es decir que tiene una actitud defensiva y aunque no busca peleas reacciona (manotea) ante cualquier provocación o agachada.

    Y así, entre mates, pan de miel, chipá y mucho afecto, terminamos esta reunión que fue dejando hilvanes, apuntes para la crónica. 




Vir de Sáenz Peña



    Este libro que compendia los sentimientos que yo he soñado y proferido durante muchos años en las redacciones, cafés y calles de Buenos Aires, fue vivido durante los treinta y tres años del autor y escrito en un mes, septiembre de 1931, a instancias amistosas de don Manuel Gleizer.


Raúl Scalabrini Ortiz

viernes, 26 de septiembre de 2025

El niño resentido

   Ningún pibe nace chorro. Es verdad. El delincuente va madurando, va adquiriendo mejores técnicas y va perdiendo culpa.

   Tampoco tiene necesariamente que morir chorro. “El arte nos salva”, dijo Charly una vez, y nuestro autor acaba de demostrarlo. El destino para un individuo no es uno solo ni está escrito. Siempre hay posibilidades, nos toca a nosotros hacer una sociedad mejor, más igualitaria, más justa.

   César Gonzáles nos muestra a sus lectores una vida que no vivimos y que desconocemos. El texto es una gran novela, pero sabemos que no es ficción. Sabemos que es una autobiografía y a su autor lo conocemos por sus películas y por sus entrevistas en tele o radio, que recomiendo de mil amores.

   Llegamos todos a la casa de Rosi ese domingo, muy locos, tengo la imagen de nosotros en la cocina, alrededor de la mesa ovalada, Aymé, tan hermosa, disfrazada, subiéndose; había muchas manos acomodando los manjares y las bebidas, los ojos nuestros muy abiertos, a ver cuándo empezábamos a conversar, teníamos mucho para decir, para comentar, para reponer estas líneas que tanto nos conmovieron y asombraron.

   Empezamos a hablar todos juntos con impaciencia.

   -¿Viste la parte en que la mamá vuelve de la cárcel?

   -Sí, y durmieron todos juntos.

   - Y el recorrido que hizo, sola, sin plata y sin medios, hasta llegar a la casa.

   Empezamos a hablar del capítulo que se llama El sonido de la libertad,  que cuenta de su mamá volviendo a la casa después de haber cumplido una condena: “La habían largado en medio de la noche, hizo dedo, subió a un camión, luego a un tren y caminó las cincuenta cuadras desde Liniers hasta casa. No la solté en ningún momento, nos íbamos turnando en su abrazo con mis  hermanos. Esa madrugada dormimos todos juntos en la misma cama, pegados a ella como garrapatas. Al otro día, el sol recuperó un poco de su color y volvimos a la escuela, llevados de su mano.”

   Los pasajes de encuentros amorosos, cariñosos fueron los primeros y más comentados, como cuando trajeron la tele y la familia se ponía a actuar. Era un momento de reunión y alegría.

   Es que hay un adentro y un afuera con una frontera muy bien delineada. La frontera del barrio era la avenida Marconi a donde “se jugaba nuestra guerra contra la sociedad”. Del otro lado de esta avenida estaba la clase media a la que había que atacar. ¿Atacar para sobrevivir?

   Otro pasaje que quisiera reponer es cuando nuestro protagonista vuelve él de una prisión de menores. Caminó muchísimo con sus zapatillas sin cordones. No subió al tren por temor a los guardias. Vio un colectivo cuyo cartel decía Retiro. El chofer no lo dejó subir. Dejó pasar cinco colectivos hasta que un chofer se apiadó. Cruzó Puente Alsina, vislumbró el Riachuelo, se sobrepuso al ritmo de la ciudad, que le parecía demencial. Llegó a la estación, logró pedir las monedas hasta juntar el importe del boleto del tren que lo llevara a El Palomar. Desde allí caminó las veinte cuadras hasta su casa en la Villa Carlos Gardel.

   ¿Por qué le damos tanta atención a estos pasajes cuando en la novela hay momentos de una violencia inimaginable para nosotros?  Es que estos recorridos también son inimaginables para nosotros. Como lo son las muertes inesperadas de amigos o de amores. O los robos mismos, las entradas adentro de las casas, las estrategias, o la falta de estrategias y la suerte pura. Inimaginable para nosotros también son los dolores físicos, las heridas, los balazos, los momentos de abstinencia o falta de droga, el daño infernal de la cocaína, las heridas, la recuperación después de las heridas, las humillaciones, las piñas.

   Sí es imaginable para nosotros una navidad feliz como la que tuvieron, y que muy bien narrada está, después de los saqueos del dosmiluno. “La villa esa noche fue una fiesta dionisíaca. (….) Cada mesa rebalsaba de comida y bebidas, preparada con un estilo particular. Uno no sabía dónde quedarse porque todos te invitaban a pasar y cada mesa superaba estéticamente a la anterior. En todos persistía una alegría mezclada con la sorpresa, nadie podía creer la cantidad y la calidad de las cosas y nadie se guardó nada ni fue tacaño. (….) Nunca había visto a los vecinos tan felices. Fue tanto el desborde emocional por la falta de experiencia en tener la heladera así de llena que, a la semana siguiente, para las fiestas de Año Nuevo, en las mesas no había ni un cuarto de lo que hubo para Navidad.”

   Otro pasaje que quisiera reponer está en el capítulo “Amigos de otro mundo” en el que vemos al protagonista ir a la casa de un amigo de clase media. “La casa de Diego fue como un puente directo de la indigencia a la modernidad. Él como Emiliano, tenía bidet, un cuarto propio, una computadora de escritorio y una PlayStation flamante. (….) Merendaba en una mesa rebosante de manteca, dulce de leche, facturas, masitas y jugos naturales. ¡Hasta podía darme un baño en una ducha de agua caliente con bañera incluida!” 

   Me detengo, repongo y cito los pasajes en los que no aparece la sangre y la violencia, porque la novela entera, está tramada desde un fondo amoroso. César Gonzales encontró su voz para contar su vida. Como dije más arriba, narra una experiencia por la que sus lectores no hemos pasado, ni conocemos y, sabemos, que, si alguna vez nos dedicáramos al delito, las consecuencias de nuestros actos, o, más bien, la penitencia o castigo infligido serían mucho más blandos. Quiero decir, que en esta sociedad, tu origen, tu clase social condiciona la penitencia. Quiero decir, y lo dice con mucha más claridad y fundamento nuestro autor, que el poder judicial ejerce una justicia de clase. Y recomiendo esta novela autobiográfica porque hay en ella una buena poética y porque por unas horas los lectores podemos experimentar ser el otro, ser el villero, ¿el bárbaro?  Y así, saber lo que ve y siente el niño al que consideramos diferente, porque vive otra vida diferente, una vida en desamparo que lo hace para nosotros injustamente invisible.


 

   Raquel Poblet.

lunes, 23 de junio de 2025

Sobre Marín Fierro

    Al hablar de Martín Fierro, quisiera, por capricho, porque nos lo preguntamos, contar la vida del autor y hacer un recorrido histórico.

    José Hernández nació en 1834. Su papá se llamaba Rafael y era federal. Su mamá, al revés. Se llamaba Isabel de Pueyrredón, y, claro, con semejante apellido, era unitaria. José nació en lo que es hoy el Partido de San Martín, que en esa época se llamaba “Caserío de Pedriel”.

    Los padres fueron a trabajar al campo. Eran de sociedad, pero igual tenían que trabajar. Se fueron a una de las estancias de Rosas y él se quedó al cuidado de una tía y un tío. Pero en 1840 el Restaurador de las leyes se puso bravo, (ojo, que los unitarios no eran ningunos buenitos), y  los tíos tuvieron que emigrar, así que José, que era chico, se quedó con su abuelo, un federal con convicción, que también se llamaba José Hernández. Nuestro autor vivió en Buenos Aires y fue al Liceo Argentino de San Telmo. Pero tuvo que mudarse al campo por problemas pulmonares, y allí vivió con su padre, que, como dije antes, era federal. Ahí se hizo campero e hizo amistad con los peones y con los gauchos. Conoció las técnicas agrícolas de la época. ¿La época? Corría el año ’43, (siempre 1800, siempre siglo XIX), o sea el segundo gobierno de Rosas, en el que el candidato pidió y obtuvo la “Suma del poder público”, que le fue otorgada por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y que consistía en concentrar los tres poderes en manos del Restaurador. Es que habían asesinado a Facundo Quiroga y había un clima de violencia y anarquía en toda la Confederación. Por un lado, Lavalle y el General Paz, por otro, desde el norte estaban preparando, o, no,  más bien, ya tenían un ejército unitario que venía bajando. Los unitarios no eran buenitos.


    Rosas termina su mandato en 1852 cuando enfrenta a Urquiza  en la batalla de Caseros, es vencido y se exilia para siempre en Southampton. Asume Justo José de Urquiza el gobierno de la Confederación Argentina. Lo asume en Entre Ríos. Hay guerras continuas entre las  provincias y la Reina del Plata. En la Reina del Plata asume Valentín Alsina, unitario total, muy modernizador. Y pasa lo peor. Buenos Aires se separa de la Confederación. Urquiza gobierna desde Entre Ríos para lo que era toda la Argentina en ese momento, -sin la Patagonia y con un poquito de lo que hoy sería La Pampa-, y Buenos Aires por el otro. Buenos Aires sola, pero con el puerto, con las relaciones exteriores, con el comercio exterior, siempre moderna y rica. Nuestro escritor se enroló en un ejército contrario a Valentín Alsina y se unió a todo lo que tuviera olor a federalismo. Ya andaba también Bartolomé Mitre en el bando unitario.

    Estamos muy entrados en los años ’50. Los rosistas quieren volver. José Hernández está en esa lucha, por supuesto, y sigue el ideario de Alberdi. Las luchas eran armadas, los debates públicos eran para pocos. Se fue a trabajar a Paraná, que era la capital de la Confederación, (recordemos, gobernaba Urquiza). Fue taquígrafo del senado y se dedicó a escribir. También se unió al Partido Reformista, que combatía contra la figura creciente de Mitre. Colaboró en varios diarios como El Nacional Argentino (seguimos bajo el gobierno de Urquiza), en el Diario de Uruguay de Concepción del Uruguay. También compuso cielitos. ¿Qué eran los cielitos? Se los conoce como las primeras composiciones de literatura gaucha. Los cielitos se cantaban y se bailaban, tenían un estribillo pegadizo y temas referidos a la revolución, a nuestra independencia. En la película “Camila” de María Luisa Bemberg, se baila un cielito y juegan al gallito ciego cuando Camila (Susú Pecoraro) se encuentra con el padre Ladislao, (Imanol Arias).

    José Hernández escribió, además de notas políticas favorables a los federales, versos en este género llamado “cielitos” y los publicó. Pero los cielitos más conocidos son los  de Bartolomé Hidalgo. Y se los considera como la primer composición o poesía gaucha. Ya lo dije.

    Después de la batalla de Pavón, que significó la caída de Urquiza y, luego el horrendo asesinato a manos de un sargento del federal Ricardo López Jordán,  Mitre asume la presidencia, se integra Buenos Aires a la Confederación y nuestro autor publica Vida del Chacho, una biografía del Chacho Peñaloza muy linda de leer. Recordemos que al Chacho lo matan sanguinariamente unos killers al mando de Sarmiento en 1863.  Hernández  culpa  a Sarmiento por ese asesinato. También López Jordán se puso en contra de Sarmiento, que durante el gobierno de Mitre, además de ser gobernador de San Juan y ministro de relaciones exteriores, era Director de Guerra. Hernández se sumó a esta rebelión contra el multitask sanjuanino y, perdió. La guerrilla fue sofocada y tuvo que exiliarse en Brasil. Sarmiento había pedido precio por su cabeza. Estuvo un año en ese país. Recordemos que también durante el Gobierno de Mitre se llevó a cabo la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. (1864 - 1870) Hoy casi todos los historiadores consideran que aquello no fue una guerra, sino un genocidio contra nuestra hermana república.

    Nuestro autor volvió a Buenos Aires, vivió medio de incógnito, o no tanto en un hotel, mandó, por seguridad a su mujer e hijes, que eran seis, a vivir lejos.  Ya era el año 1872 y Sarmiento ya era presidente. Hernández, en ese hotel que estaba frente a la Casa Rosada, es decir, frente a su poderoso perseguidor. Así, recluido en su habitación, escribió El Gaucho Martín Fierro.

    En el ’74 Sarmiento termina su presidencia, qué alivio, y Hernández hace periodismo y llega a ser diputado de la legislatura de Buenos Aires. Sigue luchando, pero sin armas, por el ideario federal, quiere federalizar más nuestra ciudad, y se hace amigo de Dardo Rocha a quien ayudó a diseñar y fundar La Plata.

    En el año 1879 escribió La vuelta de Martín Fierro a pedido del público. Después, en 1881 escribió Instrucción del estanciero, una obra en prosa en la que pone todo el saber de campo que adquirió cuando estuvo con su abuelo y su papá haciendo vida campera.

    Murió siendo senador en 1886.

 

    Martín Fierro es la historia de un gaucho. O, no, más bien, es la historia de todos los gauchos encarnados en la voz del héroe que nos propone José Hernández. Es una novela de denuncia política. Una novela muy poética. Un poema que narra la desgracia de ser perseguido por el poder de turno y la triste, no deseada decisión de tener que marginarse, salir de la ley y hacerse gaucho matrero.

“Yo he sido manso, primero,

 y seré gaucho matrero

 en mi triste circunstancia,

 aunque es mi mal tan projundo;

 nací y me he criao en estancia,

 pero ya conozco el mundo.”

 


    Lo mismo le pasa a Cruz, que debe cruzar la ley e irse con su amigo al otro lado, al lado de la miseria y la barbarie porque en el espacio de la civilización no hay lugar para ellos.

    Pero nuestro gaucho sobrevive y continúa el recorrido de su vida.

    A la segunda parte, llamada “La vuelta de Martín fierro” se la interpreta como “la asimilación" del personaje, o, más bien, se interpreta al autor como alguien que se asimiló a la nueva realidad, al país que Sarmiento nos dejó, (gobernó del ‘68 al ’74)  y a la presidencia de Avellaneda, (’68-’74).

    Igual, Hernández no paró de denunciar. En “La vuelta…”, los dos hijos de Fierro y el hijo de Cruz cuentan las injusticias del poder sobre ellos, que eran huérfanos, huérfanos sin amparo como lo era su padre y como fueron los gauchos en su propia tierra.

    El hijo mayor sufrió, entre muchas cosas, un presidio injusto del que expresa su sentimiento de soledad.

“La justicia muy severa

suele rayar en crueldá;

sufre el pobre que allí está

calenturas y delirios

pues no existe pior martirio

que esa eterna soledá.”

 

    El segundo hijo, que fue despojado por el juez de paz, de la herencia que le hubo dejado una tía, fue criado malamente por el Viejo Vizcacha, que es a todas luces el verdadero contrario de Martín Fierro. Es salvaje, cruel violento y predica la deshonestidad y la trampa como valor.

    Picardía también fue muy maltratado, reclutado y enviado a la frontera, que es el infierno.

    En toda la novela los indios carecen de nombre y sus muertes no son registradas. Los indios eran  seres anónimos sin individualidad ni identidad. Ni siquiera contaban con la culpa de quien los asesinara.

    De todas las muertes por asesinato, la que se toma en cuenta es la del Moreno, a quién Martín Fierro, luego de haberlo asesinado, quiere enterrar. Esa muerte en lugar de engendrar otra venganza de muerte, nos trajo la gran payada del final. Payando se corta la cadena de muertes. Se corta, por fin, la cadena trágica y se nos brinda un final que es pura imaginación, pensamiento y poesía. Fierro y el hermano del Moreno, en lugar de batirse a duelo compiten con el canto. También están los hijos, que dejaron de ser huérfanos. Y, seguramente, los otros parroquianos de la pulpería habrán encontrado la victoria en la reunión poética.



 

  Raquel Poblet.