Nuestro encuentro fue el
17 de Agosto, día de San Martín en el hogar de la querida Pepa, la gran
anfitriona de Los siete locos.
Qué
casualidad, dos obras históricas, muy históricas en un 17 de Agosto. Para darle
más épica al corazón lector de este grupo, que, en realidad, ya tiene un
corazón común a todos porque los siete
locos compartimos un corpus muy extenso e intenso. Intenso fue nuestro siglo
XIX. La prosa y el verso de Echeverría nos pusieron ansiosos y sorprendidos por
empezar a hablar, a decir. Es que leer es una experiencia, más que “ver un
vivir” como decía Macedonio.
Así
que todos alrededor de la mesa y con los niños jugando y haciendo quilombito,
empezamos la conversación que empezó alocada y fue reflexiva después.
A continuación les cuento conclusiones,
impresiones, cosas que dijimos.
La tinta de la prosa más
estilizada es sangre negra que no para. En medio de ese caos indescriptible
aparece el Unitario y se produce la escena; la acción. Se ve desde lejos una
figura humana vestida, montada en silla y que después resulta que también
estaba dotada de léxico, discurso y doctrina. Con todo esto, enfrenta a su
verdugo, Matasiete, el único personaje con nombre propio. Quizá haya querido el
autor representar así a Rosas. El muchacho bien vestido y salvajemente desvestido
lo insulta, a él y a toda la turba monstruosa que lo rodea y que es la
representación clasista y despectiva del pueblo federal. El unitario, que es un
individuo con identidad y pertenencia, muere solo; sorprende con su muerte a
sus torturadores, como si él fuera tan, tan libre, que eligió morir antes de
que terminaran de matarlo. Morir para él era que le quitaran su identidad bien
preciada, identidad de la que carecían los salvajes victimarios.
Desidentificarlo, sacarle su barba en U, sacarle la ropa y todos los signos de
pertenencia al sector culto de la sociedad. Desvestirlo era barbarizarlo. Eso
era matarlo.
La
aparición de este individuo recorta una escena, pone acción con diálogo y da
final a un relato que es la descripción del caos; sí, hay algo tan imposible y difícil como
describir el caos, por eso digo que la escritura de El Matadero es tinta
negra como sangre que no para de manar, y digo también que ha debido ser muy estilizada la obra para poder desafiar al
lenguaje y hacerlo representar lo irrepresentable. Esto se comprueba cuando el
autor penetra la narración y comenta: “En
fin, la escena que se representa en el matadero era para vista, no para escrita”
La aparición del sujeto unitario abre un
claro en la desmesurada descripción y deja ver una escena con acciones. De esa
manera da forma a algo parecido a un cuento. Esteban Echeverría quiso hacer un
cuento de ficción en una época en la que lo más prestigioso en literatura eran
el ensayo y la poesía.

Un
relato de ficción para hablar sobre la realidad, o, más bien, sobre la
actualidad que él percibía bajo el segundo gobierno del Restaurador, más bien,
bajo el apogeo de quien fuera llamado “el tirano Rosas”, y a su gobierno
calificarlo como “dictadura de Rosas” o “dictadura rosista”, cuando sabemos que
muchas veces, o siempre, los gobiernos que se dedican a la parte débil de la
población son llamados así. Rosas habrá sido esto que llaman “dictadura
populista” y sus seguidores eran el pueblo plebeyo, descripto aquí por el culto
Echeverría y su culta pluma como humanos animalizados, bestias que se
confundían y mezclaban hasta hacer desaparecer sus individualidades en un lugar
que era un intermedio entre la ciudad y el campo donde se entremezclaban las
sangres, los órganos, los cuerpos lastimados con el barro sanguinolento. Las
muertes también se confundían. Así era el matadero de la Convalecencia. Y cito acá una oración: “El espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco, aunque
reunía todo lo horriblemente inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria
peculiar del Río de la Plata”. En
realidad, así es como lo describe don Esteban, queriendo demostrar que el
gobierno de Rosas era el antiprogreso y
endilgando a la plebe humilde toda la
violencia y crueldad que los civilizados de nuestra querida Argentina han
ejercido sobre ellos, sobre la gente afro, originaria y sobre los gauchos.
La oligarquía culta culpando a los humildes de
lo que ella hace. A esta película ya la vimos y la estamos viendo ahora.
Echeverría es uno de los fundadores de esta tradición mitológica junto a Sarmiento,
a Ascasubi y a tantos otros consagrados.
Echeverría
nació en 1805 en Buenos Aires. Estudió en el Colegio de ciencias Morales, - hoy
Nacional Buenos Aires, y, en el año ’25 se fue a París. Ahí se copó con la
corriente romántica; con la estética romántica. No paraba de leer a Schiller, a
Lord Byron, a Goethe. De ahí le viene esa escritura que se desafía a sí misma,
que satura la descripción, que quiere representar hasta fundirse en eso mismo
que está representando. Así es el romántico. Y, sinceramente, muy en desacuerdo
estoy y estamos con la visión que don Esteban tenía sobre la plebe argentina,
pero; -y lo mismo pasa con Sarmiento,- su prosa es buena, jugada, nos penetra,
nos estimula a leer y a escribir.

Después de París, nuestro autor volvió a Argentina
con todas las ínfulas de la estética top del momento. Formó parte del Salón literario
de Marcos Sastre. Se hizo amigo ahí de Marcos Sastre, el dueño del salón,
también de Juan María Gutiérrez y de Juan Bautista Alberdi. Fundan “La joven
argentina”, una agrupación de intelectuales (eran estos cuatro)
superantirrosista, que venía a rescatar los ideales de la Revolución de mayo
tan malheridos por el tirano.
Claro
que Rosas los persigue sin ninguna piedad y Esteban se exilia en Montevideo
donde muere en 1841.
Juan
María Gutiérrez era un intelectual, matemático, literato, hermano de Ricardo
Gutiérrez el autor de Juan Moreira. Fue, entre otras cosas, el director de la
Universidad de Buenos aires, director de redacción de La nación. Ni bien cae Rosas
vuelve de Montevideo y luego, en 1871 publica El matadero, 30 años después de la muerte de su autor. Este relato
estuvo guardado, escondido desde 1838.
Volvamos
a Echeverría. Tanto en “la joven Argentina” como en la “Asociación de Mayo”
escribió las “Palabras simbólicas” que es un ensayo sobre cómo organizar una
nación y su cultura, cómo delinear una cultura nacional. Escribió el “Dogma
socialista” en donde hace hincapié en el progreso como ley fundamental. Con
“Socialista” se refería a la conformación de una sociedad, no al socialismo.
Escribió también “Ojeada retrospectiva”, un ensayo dedicado a los mártires de
Rosas.
Y, por supuesto, escribió La cautiva en
1837, que fue y es un poema de gran éxito. Una novela en verso que llegó a
vender en España quinientos mil ejemplares, (estamos hablando de principios de
siglo XIX, cuando esta cifra era un montón). Se tradujo al alemán.
La cautiva es un poema romántico que,
como tal, incorpora el paisaje, que es el desierto, pero lo incorpora como un
personaje más. Los dos personajes, María y Brian eran cautivos, no sólo de los indios, sino también del
desierto, ese lugar agreste y salvaje que precisaba ya mismo una civilización
que lo convirtiera en tierra productiva y habitable.
También, en este largo poema se refleja el
ideal romántico del autor al demostrar que haciendo poesía, ficción y versos se puede
expresar ideas. En esa época el género más prominente era el ensayo.
El poema-novela tiene nueve partes y un
epílogo. Es totalmente trágico.
Se
dice que este poema pertenecía a la “gauchesca culta”, pero también se dice que
su autor apeló a una métrica popular y que lo que quiso es que la historia
fuera conocida y memorizada por la gente iletrada, que en ese tiempo era mucha.
O sea que el civilizado y progresista Echeverría quiso democratizar la
literatura, y de paso, propagar sus ideas de progreso.
María
era una heroína asexuada y pura, por algo se llamaba así. Brian era un héroe exhausto
de tanta lucha, tan exhausto que aparece como un héroe pasivo. Ellos también
son víctimas de los bárbaros y el final no podía ser otro. El poema es largo como la caminata de su
protagonista y se va apagando como ella en la caída final. Todo en ella es acto
amoroso hasta su muerte.
Una heroína romántica
total.
Raquel Poblet.
(Quisiera aclarar que
nada de lo escrito acá fue hecho con IA. Ni empedo)